“La resiliencia empieza en casa”. Con este lema, Naciones Unidas ha decidido dedicar el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, que se celebra el próximo 13 de octubre, a la vivienda y a las decisiones que determinan su capacidad para afrontar situaciones extremas.
El mensaje cobra especial relevancia tras un verano en el que inundaciones, lluvias torrenciales, olas de calor o incendios forestales nos obligan a pensar en la necesidad a incorporar los efectos del cambio climático a la planificación de nuestras ciudades y edificios. A ellos se suman otros riesgos naturales, como los terremotos, que no están relacionados con el calentamiento global, pero que plantean una cuestión común: ¿cómo podemos diseñar y construir viviendas menos vulnerables y capaces de recuperarse mejor tras una catástrofe?
Durante años, conceptos como sostenibilidad, eficiencia energética, accesibilidad o reducción de emisiones han transformado la manera de proyectar. A ellos se suma ahora con fuerza otro: resiliencia.
Una vivienda resiliente no es aquella capaz de resistir cualquier circunstancia sin sufrir daños, algo difícilmente posible, sino la que ha sido concebida teniendo en cuenta los riesgos de su entorno, puede limitar sus consecuencias y facilita su posterior recuperación.
Anticiparse desde el proyecto
La resiliencia comienza mucho antes de iniciar una obra. El conocimiento del territorio, la planificación urbana y las decisiones de proyecto son la primera herramienta de prevención.
La topografía, el comportamiento del agua, las características geológicas y sísmicas, la proximidad a áreas forestales o la evolución prevista de las condiciones climáticas pueden condicionar desde la localización del edificio hasta su configuración, estructura, materiales o instalaciones.
En determinados entornos puede ser necesario plantear sistemas que favorezcan el drenaje del agua; en otros, prestar especial atención a cubiertas, fachadas y vegetación próxima frente al riesgo de incendio; mientras que en zonas sísmicas el comportamiento estructural y de los elementos no estructurales adquiere una importancia especial.
Arquitectos y arquitectos técnicos intervienen desde perspectivas complementarias en este proceso: desde el planeamiento, el diseño y la definición de las soluciones hasta su correcta ejecución y posterior conservación.
Porque un proyecto adecuado necesita también una buena construcción. Anclajes, juntas, impermeabilizaciones, fijaciones, encuentros entre sistemas o barreras de protección antiincendios pueden resultar determinantes cuando el edificio se enfrenta a condiciones excepcionales.
¿Qué ocurre cuando la catástrofe ya se ha producido?
La resiliencia tiene también una segunda dimensión: la capacidad de responder cuando el fenómeno extremo ya ha tenido lugar.
Tras una inundación, un incendio, un terremoto u otro episodio grave puede ser necesario evaluar numerosos edificios en muy poco tiempo. En ese momento, el conocimiento técnico resulta fundamental para identificar riesgos, determinar si es seguro acceder a un inmueble o establecer qué actuaciones deben acometerse con urgencia. La Arquitectura y la Arquitectura Técnica tienen aquí un amplio campo de intervención.
Las inspecciones rápidas permiten realizar una primera valoración del estado del edificio y clasificar los daños de acuerdo con criterios homogéneos. Entre las actuaciones que pueden resultar necesarias se encuentran la identificación de posibles riesgos de colapso o desprendimientos, la determinación de zonas que pueden utilizarse con seguridad, el establecimiento de medidas provisionales de protección o apuntalamiento y la valoración de las intervenciones más urgentes.
Todo ello exige trabajar de manera coordinada con ingenieros, técnicos municipales, bomberos, protección civil y otros servicios que intervienen en la emergencia.
La experiencia acumulada en distintos tipos de catástrofes ha puesto de manifiesto una idea fundamental: la respuesta técnica no puede improvisarse. Disponer de profesionales formados, protocolos conocidos y estructuras claras de coordinación permite actuar con mayor rapidez, criterio y sensibilidad cuando cada decisión importa.
De la emergencia a la reconstrucción
Superada la primera fase, comienza un proceso diferente. El objetivo pasa de garantizar la seguridad inmediata a recuperar la habitabilidad, valorar los daños y decidir cómo reparar, rehabilitar o, cuando resulte necesario, reconstruir.
Aquí aparece uno de los conceptos más interesantes de la arquitectura resiliente: reconstruir no debería significar necesariamente reproducir exactamente lo que existía antes. La intervención posterior ofrece la oportunidad de analizar cómo respondió el inmueble, detectar vulnerabilidades y estudiar medidas que permitan disminuir el riesgo ante futuros episodios.
Puede tratarse de modificar la ubicación de determinadas instalaciones, mejorar sistemas constructivos, reforzar elementos, introducir nuevas soluciones frente al agua o el fuego o corregir aquellos puntos del edificio que hayan mostrado un peor comportamiento.
Este principio se resume internacionalmente en la idea de “build back better”, reconstruir mejor: aprovechar la recuperación para reducir vulnerabilidades y aumentar la capacidad de respuesta futura.
Para quienes hoy estudian Arquitectura o Arquitectura Técnica, la resiliencia abre nuevas posibilidades de especialización. Adaptación climática, análisis de riesgos, rehabilitación resiliente, comportamiento estructural ante acciones extremas, patología de la edificación, inspección de daños, planificación de la recuperación o coordinación técnica en emergencias son ámbitos que requerirán profesionales cada vez más preparados.
También exigirán una forma de trabajar necesariamente multidisciplinar, en colaboración con ingenieros, urbanistas, geólogos, especialistas ambientales, servicios de emergencia y administraciones públicas.
Para los profesionales que diseñarán, construirán y rehabilitarán las viviendas de las próximas décadas, la resiliencia empieza precisamente ahí: en anticiparse, reducir la vulnerabilidad y estar preparados para recuperar mejor aquello que resulte afectado.